En las andanas del metro de
Barcelona hay un virus. Un virus al que somos alérgicos la mayoría de los
egresados de la facultad Blanquerna. Ese virus es capaz de adquirir dos formas
distintas, ya sea en formato tradicional o novedosamente digital, y sin duda ha
nacido de la febril mente del responsable de marketing de dicha facultad. En
él, y de forma casi irónica, se puede ver a un alumno de Comunicación posando
orgullosamente bajo el slogan en mayúsculas que da nombre a esta entrada. Qué
mejor forma de publicitar una facultad privada que vendiendo a sus futuros
financiadores la promesa de un brillante futuro?
Hasta aquí todo bien si no fuera
porque la mayoría de los exalumnos de esa santa casa que no trabajan en ella (e
incluso algunos que sí) sabemos fehacientemente que eso es mentira. Una mentira
que además duele especialmente cuando después de años de frustraciones y
desilusiones la ves propagada por el subsuelo de la ciudad como un virus, como
una alimaña sedienta de nueva carnaza. Y tú fuiste esa carnaza. Tú eres parte
de ese orgulloso chaval del anuncio que te mira con cara de “me molo mazo por
haber estudiado en Blanquerna”. Porque tú eras así hasta que después de cuatro
años, cinco si es que fuiste lo suficientemente ingenuo como para hacer un
tercer ciclo, la realidad se abrió paso a través de tu cegada mirada. Y
entonces empezaste a ver las cosas como realmente son, y resulta que estaban
lejos de ser como te las habían vendido.
Tus lamentables prácticas no habían servido para nada; A las empresas les importaba un comino toda esa maravillosa teoría que habías aprendido de, a menudo, brillantes profesores puesto que tus conocimientos prácticos, lo único que ellas realmente buscaban, eran mínimos, terriblemente difusos y a menudo enseñados por lamentables profesores solamente ávidos de un jugoso sobresueldo puesto que también eran profesionales por su propia cuenta; Una plantilla de profesorado a menudo también más preocupada por seguir chupando del bote que por mejorar sus competencias y la calidad de sus propias clases. En definitiva, un plan de estudios desastroso desde el minuto cero, plagado de asignaturas prescindibles y/o mal estructuradas que si bien es cierto que mejoró algo con la implantación del plan Boloña algunos años después, todavía está lejos de estar a la altura.
Tus lamentables prácticas no habían servido para nada; A las empresas les importaba un comino toda esa maravillosa teoría que habías aprendido de, a menudo, brillantes profesores puesto que tus conocimientos prácticos, lo único que ellas realmente buscaban, eran mínimos, terriblemente difusos y a menudo enseñados por lamentables profesores solamente ávidos de un jugoso sobresueldo puesto que también eran profesionales por su propia cuenta; Una plantilla de profesorado a menudo también más preocupada por seguir chupando del bote que por mejorar sus competencias y la calidad de sus propias clases. En definitiva, un plan de estudios desastroso desde el minuto cero, plagado de asignaturas prescindibles y/o mal estructuradas que si bien es cierto que mejoró algo con la implantación del plan Boloña algunos años después, todavía está lejos de estar a la altura.
Por si esto fuera poco te habían
prometido que si las cosas no te iban del todo bien tendrías a tu disposición
una bolsa de trabajo propia con unos altos índices de inserción laboral… lo que
no te dijeron tampoco es que eso también era falso, que ese tan importante
servicio para exalumnos poco afortunados era lo que peor funcionaba de toda la
facultad, a cargo de profesores en plantilla sin nada que ver con profesionales
en relaciones laborales sin las aptitudes y las agallas suficientes para llevar
a buen puerto su finalidad y sin los recursos necesarios para ello. Recursos
que, sin embargo, nunca faltan en su plan de marketing. Ni tampoco faltan en
las recientes ampliaciones de sus instalaciones. Recursos que financian unos
sufridos alumnos que han visto incrementado en un 50% el precio de sus créditos
en los últimos años hasta rondar las cinco cifras por curso. Unos alumnos que
cuando acaban la facultad, y ya sin la venda en los ojos, se dan cuenta de la
triste realidad de un mercado saturado de profesionales licenciados que pugnan
por cobrar sueldos miserables si es que tienen la suerte de encontrar trabajo.
Sin duda alguna, un buen futuro.
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