La verdad os hará libres
Cuando uno piensa en Steven Spielberg y ciencia ficción, uno de los géneros que más ha transitado el director norteamericano durante su larga trayectoria, es imposible no recordar con una sonrisa muchas de sus magnas obras de una calidad incuestionable. Si a eso le sumamos el hecho de volver a seguramente su temática favorita dentro del género (y por la cual se siente realmente interesado a nivel personal), la que hace referencia al contacto con seres inteligentes extraterrestres por parte de la humanidad, pues el hype estaba ciertamente por las nubes cuando se anunció su último trabajo Disclosure Day (El día de la revelación) recientemente estrenada en todo el mundo.
Llegados a este punto la pregunta solo puede ser una: ¿Está a la altura de las (altas) expectativas generadas su último filme? La respuesta, desgraciadamente para cualquier fan del género, de su temática en concreto o del propio director, es un rotundo no. Y es una pena, pero es lo que hay. El guión del afamado David Koepp (con la colaboración del propio Spielberg) hace aguas por casi todos lados. Las malas lenguas dicen que necesitó hasta 42 reescrituras para terminarlo. Visto el resultado final sin duda hubiera necesitado unas cuentas más. O menos si hubieran tenido quizás las ideas más claras. Porque para hacer una gran película no es suficiente con una gran idea, hace falta también que esa idea sea desarrollada correctamente, sobretodo cuando esa idea proviene de uno de los mayores iconos cinematográficos de la historia del cine contemporáneo. Las razones por las que tenemos como resultado un filme mediocre pese a su apasionante premisa son varias.
La primera de ellas es que la ciencia ficción mayormente acaba apareciendo casi como un elemento secundario durante todo su metraje (estando especialmente presente tan solo en los últimos 20 minutos) reduciéndose su argumento a la ya tan manida idea de la conspiración gubernamental secreta y a la persecución de los dos personajes principales por los que, todo sea dicho de paso, en ningún momento el espectador llega a sentir las más mínima conexión ni cercanía alguna. Además, las enormes implicaciones de semejante revelación global tan solo son esbozadas de manera muy superficial desde un punto de vista religioso bastante poco realista. Y lo que podría haber funcionado bien en una hipotética tercera película de Expediente X se torna en manos de Koepp en una persecución rutinaria llena de situaciones inverosímiles y muy poco originales a día de hoy. Porque incluso la idea principal del filme está reciclada en muchos aspectos de Taken (Abducidos, 2002) una brillante serie de TV de una única temporada que produjo el propio Spielberg a principios del milenio y que trataba el mismo tema de las abducciones y contactos extraterrestres con bastante más acierto e interés. Eso sí, en esa serie los extraterrestres eran lo contario a la empatía y en este filme parece que la empatía funciona como comodín o mecanismo mágico, casi como un Deus ex Machina para hacer funcionar todo el relato precisamente de una manera demasiado facilona, inverosímil y sensiblera incluso dentro de los cánones de Spielberg. El concepto de empatía se (sobre)utiliza para no tener que preocuparse de crear personajes complejos, situaciones más creíbles y un argumento al fin y al cabo más verosímil y a la altura de lo que los espectadores esperan de un filme dirigido por Spielberg. Es decir, durante dos horas tenemos una road movie llena de socavones de guión y muy poca originalidad, con una buena y divertida interpretación de Emily Blunt y poco más, y un tramo final ciertamente apasionante pero que sigue resultando muy poco creíble precisamente por las carencias de sus dos horas precedentes y las consecuencias que estas tienen en esa conclusión. Como el absurdo y mudo cambio radical de postura del personaje/villano interpretado por el británico Colin Firth. Sin ir más lejos, un filme más modesto y críptico pero con una temática muy similar como Midnight Special (Jeff Nichols, 2016) conseguía hace una década mucho más con mucho menos presupuesto y metraje.
Steven Spielberg tenía muy clara su tesis principal y el ambicioso desenlace de la historia, esa gran revelación global que todo el mundo se imagina cual es dada la naturaleza de la misma, el problema es que toda la mediocridad anterior que resulta en el grueso de la historia no está a la altura de esa idea y de lo que los aficionados a su cine, al género o a la propia temática demandábamos. Ser mediocre puede ser suficiente para muchos directores, pero no puede serlo nunca para alguien como Spielberg.
Tenemos derecho a saber. Sin duda. Pero también tenemos derecho a exigirle más al otrora Rey Midas de Hollywood. El tema y sus masivas y apasionantes implicaciones socioculturales globales lo merecía. Y los aficionados a la buena ciencia ficción también.
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